Una casa más silenciosa
Mi querida Zeldita,
No sé bien cómo escribirte esto, porque no es una despedida fácil ni una despedida completa. Es más bien una forma de decirte todo lo que todavía vive en mí desde que ya no estás en mis días.
Extraño tu presencia en las cosas simples. Tu forma de mirar, tus movimientos por la casa, el sonido de tus patitas, esa alegría tuya que aparecía sin pedir permiso y cambiaba el ánimo de cualquier momento. Extraño sentir que estabas cerca, que había una vida más acompañando la mía, una pequeña alma noble que hacía que todo se sintiera un poco más cálido.
Tú me diste una alegría que no sabía que necesitaba. Me enseñaste a querer de una forma más limpia, más paciente, más real. Me enseñaste que el amor no siempre necesita palabras. A veces basta con una mirada, con una rutina compartida, con una presencia tranquila al lado.
Me duele no tenerte cerca. Me duele que mi vida siga avanzando sin esos pequeños gestos tuyos que antes eran parte de mis días. Hay lugares, horarios y silencios donde todavía te busco sin darme cuenta. Y aunque intento seguir, hay una parte de mí que se queda agradecida y triste al mismo tiempo.
No quiero escribirte desde la pena solamente. También quiero escribirte desde la gratitud. Gracias por todo lo que me diste sin saberlo. Gracias por haberme acompañado, por haberme hecho reír, por haberme hecho sentir querido, por enseñarme una forma de amor que no se explica mucho, pero se siente para siempre.
Ojalá pudiera abrazarte una vez más. Ojalá pudiera decirte, mirándote, que fuiste muy importante para mí. Que no fuiste “solo una perrita”. Fuiste compañía, alegría, ternura y hogar.
No sé si la vida nos vuelva a cruzar. Pero sí sé que tu paso por mi vida me cambió. Y eso nadie me lo quita.
Te voy a llevar conmigo en silencio, con cariño, con esa melancolía bonita de haber amado algo puro.
Gracias por enseñarme a amar mejor.
Con todo mi amor,
Fran.

